03/07/2017
Dentro de lo que cabe, está bastante bien: ciudad nueva, buena gente, ambiente cálido, calor soportable (de momento), un piso bonito, habitacion grande (por fin). De todas formas aún no tengo mucha vida social, pero Granada no es Girona y, a partir de ahora, Maria Turró es María Turró. Aquí está el quid de la cuestión. El aura no es el mismo y, como decía W. Benjamin, el aura de la obra, del objeto, de aquello que hasta nosotros mismos somos, es contextual: nosotros somos y permanecemos, pero nuestro aura cambia y evoluciona. Y cómo apetece.

Primer lunes Suburbia. Después de cuatro días de pre-adaptación me adentro en la fase de adaptación. Y qué gratificante: después de tres años en una burbuja gironina y universitaria, empiezo una etapa de, al por menor, un mes efervescente. Y da vértigo, pero motiva. Decir que no da miedo sería poco honesto, porque el miedo está y debe estar; nos protege, nos alerta, nos pone con las orejas levantadas y los ojos bien abiertos como si fuéramos un lobo que se sumerge en su yo más salvaje para cazar, nos ayuda a dar los pasos necesarios –que no tienen porqué ser los justos–, para poder vivir las experiencias lo más plenamente posible y alcanzar ulteriormente nuestros objetivos. Y este es el caso, cómo apetece.

Conocer de primera mano, antes de terminar la carrera de Historia del Arte, cómo funciona el mundo del arte contemporáneo en general y el mundo de Suburbia en particular, es como mínimo apetecible, motivador y enormemente ambicioso. Como si de un reflejo se tratase, a mi parecer, podríamos definir también así la esencia de Suburbia: marcar la diferencia, permanecer en un estado de adaptación constante en una sociedad irremediablemente mutable, colaborar en ella pero también individualizarse para poder crear así una identidad propia, innovadora y, a la vez, en consonancia a lo que nos rodea. Así que en el momento en que busqué sitios que fueran conceptualmente interesantes para poder hacer las prácticas pertinentes, suertuda yo, encontré Suburbia: una galería que recién empezaba y que tenía un proyecto muy interesante para una estudiante en prácticas que, justamente, también empezaba una etapa nueva. Entonces pensé: “Demasiado apetecible cómo para dejarlo escapar”. Y aquí estoy: de Girona a Granada y tiro porqué me toca.

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9/7/2017
Barbara Arcos (Jaén, 1995) es la segunda artista emergente que Suburbia expone en su espacio colaborativo y, como no podía ser de otra manera, la inauguración pertinente tuvo lugar. Niños jugando en la plaza, otros, no tan niños, con un ojo en la bebida pertinente y un ojo en los renacuajos que juegan: el ambiente resulta informal, jovial, festivo y –algo importante– atrayente. Suburbia consigue un concepto inaugural que es de agradecer en los tiempos que corren: algo sencillo, distendido y que facilita la interacción con la obra y la artista. Las conversaciones están servidas.
Arcos recién ha terminado la carrera de Bellas Artes y ya la tenemos en su primera muestra individual, un equilibrio poco común. Como sus instalaciones. Se trata de un juego entre lo que se ve y lo que no se ve, pero sí que se percibe; con sus obras desafía al espacio y apuesta por la estabilidad surgida de la aparente provisionalidad de sus piezas. Aún así se trata de una formalidad sencilla, de una actuación simple y, claro está, de equilibrio en estado puro. De hecho, parece ser que a Arcos le gusta el límite, eso de tentar a la suerte, provocarla, parece que sus obras tengan que perder su estabilidad en cualquier momento, despertando así la curiosidad al observador como si de un voyeur se tratase.
Y en eso mismo me convertí yo el mismo día de la inauguración: en una voyeur. Era mi primera inauguración de un evento semejante, sin ningún parangón a lo que había experimentado hasta el momento. Observando desde fuera –dada mi reciente incorporación a Suburbia– pero sumergida en el ambiente, advertí el borboteo de la gente, de los amigos de la artista, de los que asistieron a la cita inaugural por amor al arte, pero también de los componentes de Suburbia. El hecho de haber todo tipo de edades y procedencias en una cita que se repetirá cada jueves de este mes de julio en Encarnación-2, me hace comprender que quién quiere puede y quién puede debe. Lo importante es tener iniciativa para llevar a cabo algo en común e ir de la mano, en paralelo: potenciar la cultura y el arte contemporáneo desde los que están arriba hasta los que están por venir.

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13/7/2017
UP AND COMING nace con la idea de llevar a cabo un proyecto cultural de alcance artístico que se apoya en los artistas emergentes locales, su objetivo primordial es dar visibilidad a las ideas creativas de cuatro jóvenes que desenvuelven sus habilidades comunicativas con diferentes formatos y soportes: y eso mismo se experimenta en las inauguraciones pertinentes realizadas en el espacio Suburbia. Durante el verano parece que todo se calma, llegan los días calurosos y todo se reduce a aprovechar los días de descanso para desconectar: tiendas cerradas a destiempo, poca oferta cultural y falta de sitio en las terrazas. Suburbia aprovecha los momentos de flaqueza y convierte la poca oferta en una demanda para el que pasa despistado por la plaza: mucha gente, entrada abierta y un barreño a modo de chiringuito playero. Dicho evento está perimetrado por un marco profesional a razón de Regina Pérez, Francesco Ozzola, Marisa Mancilla y Francisco Baena, siendo ellos mismos los encargados de invitar a los cuatro artistas, es decir, el proyecto es como mínimo interesante, cautivador y se convierte en un reclamo más para las mentes activas que buscan actividades necesarias para saciar sus inquietudes artísticas y culturales.

Este jueves pasado fue el turno de Ana Recalde (Granada, 1981), quién ha realizado un proyecto de “caza y captura” de ideas, materializadas dibusjísticamente, que remiten a un pasado arqueológico presente en la misma Plaza de la Encarnación donde se encuentra Suburbia. Sin dejar atrás el pasado histórico e intrínseco granadino, Recalde utiliza las “macabrillas”, las deconstruye visualmente y plasma en el papel su recorrido cronológico utilizando otros elementos. Se trata de elementos retirados de su contexto inicial, reutilizados para otros fines, resurgidos contemporáneamente y, en consecuencia, revisionados por el viandante; es decir, abstrae la vida de estos elementos arqueológicos –con una pausada evolución a lo largo de 500 años– como concepto para realizar un proyecto que se basa en la deconstrucción, pero también en la experimentación de los mecanismos artísticos elegidos. Con el mockup edita unos diseños donde inserta fotografías arquitectónicas –que ella misma había realizado y descartado en el pasado– y, posteriormente, los hace reales a través del grafito y el papel. Desde la arqueología a la fotografía, pasando por el mockup y el dibujo en grafito, esta particular artista que proviene del campo de la edición gráfica, nos descubre que cualquier elemento puede ser foco de inspiración y que el aura, tal y como decíamos anteriormente, cambia constantemente aunque el objeto sea perenne. Las “macabrillas”, con el mockup y la habilidad creativa de Recalde, se convierten inevitablemente en contemporaneidad artística.

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20/07/2017
Partir, vivir y volver.
Uno escribe sobre lo que sabe, cree o intenta saber, sobre lo que ha vivido, sobre lo que imagina vivir o sobre lo que imagina mientras vive. Lo fácil de escribir –concretamente en ordenador y en mi caso en particular– es que resulta tarea simple el poder borrar lo que a uno se le antoje, aquello que no termina de expresar con palabras lo que la mente describe perfectamente, aquello que no se ajusta a esa realidad reconstruida o, simplemente, aquello que uno no quiere que se sepa. Esa tecla de retroceso nos permite volver hacia atrás en un simple movimiento breve, corto y conciso que, de hecho, es como retroceder en el tiempo: deconstruimos la realidad para terminar creando otra distinta que, a la vez, se origina en esa realidad embrionária que se ha querido cuartar. Ese retroceder en el espacio –aunque también en el tiempo– es la causa y efecto del trabajo de Carlos Aguilera (Los Montesinos- Alicante, 1992): él también (d)escribe, pero con su cámara fotográfica.

El pasado jueves en Suburbia se inauguró la exposición de Aguilera, una muestra de algunas de las fotografías de su trabajo La General: se trata de una serie de instantáneas que remiten al origen del artista, un pueblo situado al sur de la Comunitat Valenciana. Su urbanismo viene determinado por la Avenida del Mar, llamada comúnmente como “La General”, que divide en dos la pequeña población de apenas 5.000 habitantes. El título de esta serie fotográfica ya es una declaración de intenciones por parte de Aguilera, es obvio que la importancia de esta avenida va más allá que la simple organización accidental de la localidad: utilizándola como delimitación para su trabajo resulta ser el motivo visual funcionando como punto de partida y, a la vez, como punto de llegada. Contrapicados, colores saturados, tonalidades uniformes, objetos festivos, elementos cotidianos, composiciones accidentadas pero también montadas, individuos que nos resultan reconocibles –aunque sean totalmente anónimos–, todo ello acaba creando fotografías de una formalidad genialmente simples y simplemente genuinas. El efecto visual que nos surge a primera vista es buscado, es el objetivo, su característica documental que nos aparece ulteriormente no, es una consecuencia inevitable: a medida que vamos observando la fotografía entramos en un estado de introspección que nos lleva a los recuerdos más personales de cada uno, a nuestras propias vivencias, a ese volver al pueblo de la infancia.

De todas formas, nunca se vuelve con los mismos ojos ya que nuestra percepción cambia, aunque lo que hay al volver no: sigue habiendo la misma gente, los mismos edificios, las mismas tradiciones y el mismo sol que se asoma por la ventana cuando uno está en la cama con su batido de chocolate con grumos eso sí, ya que tu madre sigue estando, pero tu sigues creciendo. Sabemos de dónde venimos pero no sabemos con certeza a dónde vamos, aunque sí dónde terminaremos, y eso seguramente es lo que nos hace volver nuestro origen: allí es donde lo controlamos todo, donde la inmutabilidad es la esencia del lugar, y es algo que nos produce calma.

Por tanto, ese retroceder es el eje de La General, una línea perimetral que emerge de la cultura visual de Aguilera –fotógrafos cercanos a él como Ricardo Cases o, otros no tan cercanos, como William Eggleston– pero también de su propia cultura local y personal. Todo ello constata que sus fotografías acaban siendo reconocibles por parte de quien las mira, ve, observa y valora, acaban describiendo un bucle de experiencias situadas en nuestra memoria –el partir, el vivir y el volver– y que todo el mundo acaba por reconocer en estas fotografías formalmente sobrias, que no insustanciales.

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